miércoles, 8 de abril de 2009

LA IDENTIDAD LATINOAMERICANA:
UNA TOMA DE CONCIENCIA
“Es imposible asignar con propiedad a que familia humana pertenecemos. La mayor parte del indígena se ha aniquilado; el europeo se ha mezclado con el americano y con el africano, éste se ha mezclado con el indio y con el europeo. Nacimos todos de una misma madre, diferentes en origen y en sangre, son extranjeros todos diferentes visiblemente en la epidermis; esta desemejanza trae un reato de la mayor trascendencia”
Simón Bolívar
En la década de los 20 del siglo pasado, con José Vasconcelos y Pedro Enrique Ureña, había comenzado un movimiento intelectual para reivindicar a la América latina(1) en su expresión cultural. Sin embargo, fue la gran fuerza con que irrumpe el llamado Boom de la literatura latinoamericana, en la década de los años 60, la que hace fijar los ojos del mundo, hacia esta ubérrima región, tanto es así, que la XIV reunión de la UNESCO, celebrada en París, en 1966, autorizó a su director general: A emprender el estudio de las culturas de América Latina en sus expresiones literarias y artísticas, a fin de determinar las características de dicha cultura.
Tomar conciencia sobre la identidad Latinoamericana es valorar nuestra existencia como “Raza Cósmica” (como la llamaría Vasconcelos), con cultura e identidad propias. La cultura de este hombre cósmico toma una fuerza inusitada y es un caso muy sui generis por los aportes que el hombre europeo, el hombre americano y el Africano hacen en la formación de este ser especialísimo, como fruto de una diversidad de componentes: del Indígena tiene la imaginación y la malicia, del europeo el racionalismo y el espíritu de aventura, del Africano la fortaleza física y la frescura del espíritu:
“Dos dones nos han ayudado a sortear ese signo funesto, a suplir los vacíos de nuestra condición natural y social, y a buscar a tientas nuestra identidad. Uno es el don de la creatividad, expresión superior de la inteligencia humana. El otro es una arrasadora determinación de ascenso personal. Ambos ayudados por una astucia casi sobre natural, y tan útil para el bien, como para el mal, que fueron un recurso providencial de los indígenas para defenderse de los españoles, desde el día mismo del desembarco”(2).
Quienes se han ocupado de escribir sobre la historia y cultura de esta parte del continente han señalado insistentemente tres incentivos que llevaron a los españoles a colonizar América: el impulso guerrero adquirido al reconquistar su propio territorio en manos de los árabes; el misticismo misional católico; la codicia no solamente de oro si no también de esclavos y mujeres. A estos tres factores fundamentales en la formación de nuestra cultura y de nuestra raza y de la integración de América Latina con el resto del mundo, Cesar Fernández Moreno(3), le agrega un cuarto: El asombro, que al parecer, sería el antecedente más remoto de la desmesura Garcíamarquiana y de lo real maravilloso en el mítico Alejo Carpentier.
Según Fernández Moreno, el asombro de Colon Lindera con el delirio: Cuenta que cuando el navegante Genovés se acerca a la desembocadura del Orinoco piensa que ha descubierto uno de los ríos provenientes del paraíso, y que paradójicamente no llego a pisar el continente que “estaba incorporado a la historia”, por que una misteriosa enfermedad que lo encegueció temporalmente se lo impidió, y que nunca pudo llegar a México, puesto que se quedó enredado en la gigantesca telaraña de las Antillas”.
El asombro continuó con los conquistadores que vinieron después de Colón y con los mismos aborígenes. Los escritos de los cronistas de indias son muy dicientes; también el asombro de Pigafetta, que García Márquez describe magistralmente en su ya celebrada conferencia nobel de Estocolmo, nos dan una muestra palmaria de este asombro primigenio, como antecedente de nuestra cultura y literatura monumentales: “Contó que había visto un cerdo con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas, cuya hembras empollaban en las espaldas del macho… Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo… Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestra novela de hoy no es ni mucho menos el testimonio de nuestra realidad de aquellos tiempos”.(4)

Los indios por su parte no entendían ese “animal centáurico” compuesto de hombre y caballo; se asombraban cuando el conquistador bajaba de su cabalgadura: ¡Era un animal dividido en dos!. Por el freno que llevaban en la boca, los incas creían que los caballos se alimentaban de metal y cuando los españoles les pedían comida para los animales, les ofrecían oro. Este asombro reciproco ha sido una constante de nuestra historia; según Fernández Moreno, es ahí donde está el “Huevo de donde saldrá la cultura Latinoamericana, todo su arte creativo”.
El arte en general no es otra cosa que la expresión del asombro, asombro que genera el impulso de participar con los demás de lo que el artista ha visto de extraordinario. Para el caso de “Nuestra América mestiza”, lo que impulsa a los conquistadores -En su mayoría analfabetas-,a que se conviertan en inesperados escritores, es que simple y maravillosamente, ellos cuentan la sorprendente realidad que vieron o que creyeron ver: “Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquellas realidad desaforada, hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, por que el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida”(5).
Los conquistadores del imperio inca, según cuenta Felipe Guamán Poma de Ayala(6) , se asombran por ejemplo con la legendaria madre del primer Inca, Manco Cápac, puesto que habla con demonios y hacía hablar a los peñascos, arboles, montañas, y lagos, que contestaban sus preguntas. En fin, las historias contadas por los cronistas de India son tan sorprendentes, que para los hombres de otras latitudes, pareciera que todas estas crónicas fueran producto de una imaginación alucinada: (Que es América toda, sino la historia de lo real maravilloso diría el sorprendente Alejo Carpentier, en una entrevista.
Para reafirmar nuestra tesis, se agrega esta perla, que el fabulador de Macondo nos regala en el olor de la guayaba: “A este respecto sólo suelo siempre citar al explorador norteamericano F. W. U. P de Graff, que a fines del siglo pasado hizo un viaje increíble por el mundo amazónico en el que vio entre oras cosas, un arroyo de agua hirviendo y un lugar donde la voz humano provocaba aguaceros torrenciales. En comodoro Rivadavia en el extremo sur de argentina vientos del polo se llevaron un circo entero. Al día siguiente, los pescadores sacaron en sus redes cadáveres de leones y jirafas…”(7)
Este singular contexto en el que se halla inmersa nuestra raza ha producido una cultura muy especial, con una producción artística y literaria de una frescura y fuerza avasalladoras. Además, gracias a ese sincretismo racial tenemos una gama de expresiones musicales diversas en todos los países hispanoamericanos, como bella síntesis sonora de ese “tuti fruti” racial. A ello debemos también la fortuna de disfrutar de las monumentales y coloridas obras del pintor mexicano Diego Rivera y del ecuatoriano Oswaldo Guayasamin. ¿Y que decir del regalo divino de haber tenido a los mejores escritores en lengua romance en la segunda mitad del siglo XX?.
A esta poderosa “raza cósmica”, le debemos desde la obstinada búsqueda de raíces de la identidad en el universo de Comala de la obra rulfiana hasta el gran universo fantástico de Jorge Luis Borges. Desde el intimismo y solidaridad en Vallejo, hasta el compromiso, el amor y la fantasía en Neruda, pasando por las innovaciones temáticas, el erotismo y el surrealismo del gran Octavio Paz y por la musicalidad afrocubana como canto libertario en la poesía de Nicolás Guillen. Aunque faltan muchos como Rodó, Martí y otros que fueron los grandes precursores de esta identidad cultural, y la gran mayoría de los grandes escritores de la segunda mitad del siglo XX, a los que Emir Rodríguez Monegal,(8) llamó “las grandes maquinas de novelar” y otros que Severo Sarduy(9) cataloga de neobarrocos, por la exuberancia del lenguaje utilizado por ellos, -como producto de esa simbiosis cultural-, sólo mencionamos estos casos, que no son la excepción, pero que como somera muestra, nos sirven aún más para reafirmar la comprensión de la grandeza de nuestro estirpe.


Estas reflexiones fueron escritas en abril de 2003.

1 Aunque hay diferentes connotaciones con los conceptos de Hispanoamérica, Iberoamérica y Latinoamérica en este ensayo utilizamos la categoría América Latina, para referirnos a “Toda aquella tierra americana que queda en el sur del rio Grande o Bravo (que marca el límite de estados unidos con México hasta la Patagonia.
(2).García Márquez, Por un país al alcance de los niños.
(3). FERNANDEZ MORENO, cesar y otros. AMERICA LATINA EN SU LITERATURA.
Mexico, Siglo XXI, PP:5-18
(4).GARCIA MARQUEZ, Gabriel, “LA SOLEDAD DE AMERICA”, Discurso pronunciado ante la academia Sueca, al ser laureado con el premio nobel, en 1982
5. GARCIA MARQUEZ, Ibid
6. Citado por: COULTHARD, George Robert, En Fernández Moreno, Cesar, Op. Cit. P. 54
7. GARCIA MARQUEZ, GABRIEL. EL OLOR DE LA GUAYABA. Bogotá, La Oveja Negra, 1982, P:
8. RODRIGUEZ MONEGAL, EMIR. “TRADICION Y RENOVACIO”, en AMERICA LATINA EN SU LITERATURA, México, Siglo XXI, 1979, PP: 139-166
9. SARDUY, Severo, en Fernández Moreno, Óp. Cit

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